Secularizaciones y un ACONTECIMIENTO
Oda del aburrido
divertime / divertime ahora / divertime más por favor / pasa un segundo y otro / y tengo una baldosa atragantada / decí algo / corre / mirame de alguna forma especial / asustame / divertime algo / no hagas escándalos / divertime a mí / estoy en frente tuyo / esperando que me diviertas / estoy en frente tuyo / tentado de mirar hacia otro lado / en ningún lugar hay nada divertido / tengo que volver a vos / a esperar / ¡no me hagas esto! / estás ahí por dar un destello / puedo sentirlo… / me reí, me reí de pronto / fue un instante feliz / y después dijiste eso / tan aburrido tan aburrido / estoy desesperado / quiero que seas brillante otra vez / que pongas una cara nueva / así te amo de una forma nueva / así no me aburro / como la otra vez / otra vez / divertime / hacete la idea de que estoy en un naufragio / no hay botes / y tenes que salvarme / ¡ingeniatelas! / me ahogo ahora mismo / me sofoco / me aburro / caigo en un pozo oscuro oscuro / cuanto más al fondo vaya / más difícil va a ser que puedas sacarme / vas a tener que usar un gancho / un gancho especial para desahuciados / inconseguible / ¿qué estás por hacer? / estás mirando la mano equivocada / es ésta otra la que se hunde / la que pierde su color / se aferra a las raíces del fondo / es un llamado, una señal / es tan fácil de ser descifrado / o no.
Jorge Ben en Retiro
(al)
me fui con el psicodelicado a bailar otra época,
era en mí lo rítmico de la constelación
y aprendí un paisaje donde los trenes entran todos juntos
superpuestos sin tocarse, en el movimiento
de las manos que aplauden quemando el silencio.
(al)
Primer sonambulismo
Mejor no ver (cuando aclara)
el azul eléctrico por la ventana,
presagio horrible del día que se arrima
(cierro las cortinas plegables)
, trituraría este ir ondulando por la casa
escuchando una melodía de las paredes
que se desprende fantasmal por lo salido de la nada.
Andar con cautela:
para que el viento no se haga el concubino resentido
y de su azote, mantener las puertas cerradas,
que no se entiende lo que reprocha,
y cerrar bien las ventanas,
que ni un ápice de luz
dibuje su reflejo donde pueda caer, desprevenida, la mirada.
Habría que cerrar los ojos
pero ¡qué lástima!
es tan raro, a veces, ¿y lindo?
el sonambulismo de ojos abiertos.
Totémico
El cuarto se hincha
y nave flotando
se pierde en la noche tótem
en tanto:
la ciudad muerde el hollín
y me lo escupe en la cara:
estoy sucio para el beso que viene.
Titicaca de otro
Estás en un país extraño
cerca, extraño
las montañas suben y la
vista sube
lo que Podría ser un valle
que destila verde
es, se me ocurre, un lago espejado
ancho enorme profundo
casi imposible de imaginar
vas hasta la orilla
y para ver tu reflejo
tenés que mojarte las patitas.
crees que es peligroso,
lo es.
Andarías desnudo pero es una quimera,
te da vergüenza.
Algo en el agua te desolla:
el vértice del lago murmura silencio,
se mojan tus pies tu cuerpo entero
(sufre el latigazo del frío)
mudo resbalás en el agua
y te quedás haciendo la plancha
perpendicular a la mirada que querías.
El cielo
Abre
sé
Te traga.
Mi bien: Mi mal
El mal se ha secularizado
y ahora que no hay diablo que nos asista…
es una angustia,
es una libertad horrible esta indiferencia.
No hay castigo ni por dónde empezar
a sacrificarte, es en vano que te cuelgue
o que te escupa en la plaza pública
(es de otra época, más virginal).
Debería decir lo que me venga en gana,
y que mi venganza de palabras duras
arremeta sin paciencia.
Cuando me hayan escuchado
sabrán qué es
no tener nada que decir.
Es inútil: no hay caso,
el objeto de mi deseo no sabe ser santo
y el mal, definitivamente, se secularizó
(se ha secularizado).
Segundo sonambulismo
la casa se pone silenciosa
y los Fantasmas se pasean a sus anchas
hacen vida cotidiana
ensucian los platos
dejan la canilla abierta
y la pava se retuerce, seca,
de hervores que la agotan de chillar.
Una puerta se cierra con el viento
Son pequeñas interrupciones
La gata trae ropa de los cuartos vacíos
y llora la demora de los otros en llegar.
Otra puerta, ¿de qué viento?
Son pequeñas interrupciones en lo sordo
por donde me desplazo
sin descifrar nada.
Sole y después Stan
Llegó exitada por el camino de la locura
Gritó rió fue y vino
mostrando el redoble de su desenfreno,
con ternura.
La vimos, la oímos
tocó la punta de nuestra inconsciencia
y nos frotó con lo invisible.
De repente se perdió
se había ido por ahí
estaba en el living leyendo
No supimos qué
En la terraza
Perdió el celular
Se fue a Neuquén.
El otro día apareció
nos reímos mucho juntos,
ella tenía lo increíble
en el hilo de un yo-yo.
Hubo también una pieza de amor,
una historia mitológica mágica
como que el perro siempre le busca la boca.
Es un alivio saber que está acompañada
se llama Stanley Kowalsky,
y el verdulero, que ella cree que es paraguayo,
le dice cada vez que lo ve, “gatito”
y a las señoras que eligen la mejor sandía
“miren que lindo gatito”.
Ella le dice “mi amor”
Stan es un amor.
“No es mi hijo, es mi amigo,
no quiero una relación dependiente”.
Ni amigo ni hijo, para mí
que ese perro es el novio.
El presente
Su rostro no explotó
pero fue movido de su sitio
por el arco que trazó
la carne blanda de sus labios.
La sorpresa no llegó inmediatamente,
se dejó ver venir
mancha en el horizonte
que se acerca lentamente haciendo foco.
Y cuando estuvo acá
ella volvió a sonreír
ahora sabiendo que sonreía
y levantó los ojos, de párpados
de pronto tan livianos, y la recibió
como quien recibe un aullido en el pecho
(se confunde el dar y el recibir)
trémula y temblorosa,
¿de quién es este regalo para mí?
se deshace.
Esta tura
Ella se pone el membrete
se anilla, se pone de espaldas
pide abrochame
él le abrocha
le toca la carne
ella cocinó muy rico
hoy
se da vuelta despacio
como haciendo un comentario
o sugiriendo o pidiendo
o rechazando de ante mano
él le da whisky
ella toma sorbito
lo mira a través del líquido
amarillo bermellón
él con el dedo lo mete
entre los cubitos de hielo
ella le toma la muñeca
se pone su dedo sobre los labios
se llama a silencio
él le pasa el brazo por detrás de
las cinturas se estrechan
aunque las caderas no coincidan
ella con un movimiento
se saca los tacos
apoyando la punta de los
empuja y queda a su altura
ella no resiste
que él se sienta humillado
que para
tenga que ponerse en puntas de pie
y colgarse de su cuello.
Así y todo
él
él está haciendo equilibrio.
Afuera
vos estás de ese lado de la ventana
¿invisible? cubriéndote de la lluvia
tu nombre está escrito en el vidrio
yo lo veo al revés y trato de besarlo
de derecha a izquierda, a ver si aprendo
a deletrearlo.
Gusto rico a frío el vidrio
se calienta con el vapor
de mi alma, arrojada,
pero la persiana está baja
te adivino / no te adivino
entre las ranuras que te fragmentan
(¿te duele? a mí la lluvia me parcela)
no sé otra forma de pasar al otro lado.
La casa I
(en uno)
siempre me voy de mi casa
con ganas de llorar
todo está tan junto
tan uno sobre otro
multiplicado mil veces
asomando un borde
detrás de otro borde
y es ahí dónde
de qué manera se puede estar
acariciado por lo diferente
atento al cruce de rieles
a un inminente descarrilar
semejante vulnerabilidad
al accidente
me mantiene en suspenso
en una película
para “nervios de acero”
(no los tengo)
voy en la ruta
en este tramo hay
solo dos carriles
uno de ida
y uno de vuelta
tan simple
dos flechas medidas
en la velocidad
contrarias
el choque llega ahora
que salgo de mi casa
siempre llorando
ni una lágrima.
La casa II
(“Ah, todo o cais
é uma saudade
de pedra.”
F. Pessoa)
¿Qué es lo que dejo de escuchar?
Si el silencio ya estaba.
Voy –iba- voy dejando.
¿Quién se retrae, yo o la casa?
Los dos, las dos, como unidos
por un cordón de espacio
que no se sabe expresar
en el futuro.
En otro lugar, quién sabe ser,
acaso, qué cosa
que se deja ser
por acumulación
de este hoy que se pierde.
Las luces se deterioran o bajan
y las nubes se dispersan
en una gruesa capa uniforme
que no cobija.
Irse es siempre un sacrificio,
una mueca ¿de espanto?
Estas palabras no quedan marcadas
no hay sitio para lo que es un momento
en el momento siguiente.
Estas palabras escritas se evaporan
y no quedan como moscas acá,
extirpadas. Son la corteza
de mi corazón, o de mi cerebro,
que me hace recordar
como por arte de magia
(es una magia, habrá de creerse)
lo que el silencio calla, puertas adentro.
No se pudo, no se puede, no se pudo
dejar todo.
La casa III
(“Estoy tan asustada que sólo podré aceptar que me perdí si imagino que alguien me está dando la mano.”
Clarice Lispector)
Desertar un tiempo para ver cómo va la cosa,
alejarse con toda impunidad de la expectativa
que está en todo, en nosotros mismos,
distanciarse para dejar de ver,
al revés del que intenta ser objetivo
como si la cosa fuera una cosa
como si fuera un vidrio que se puede romper con un martillo.
Dar la espalda no sin elegancia
para ir a otro lado, dónde quizás hablen una lengua extraña,
otro mundo, no comprender para comprender otra vez
pero mejor, de otro modo, más amable si es posible.
Hablar otro lenguaje más alegre, olvidado de este,
de esta cosa gastada, que no encuentra otros significados
que estos mismos, que estos de hace tanto tiempo.
Desertar y olvidar, no exiliarse sino irse y no saber extrañar,
abrazar algo nuevo y cálido,
que tenga siempre la satisfacción de la magia,
el don de la felicidad. Creer una vez más,
experimentar la sensación de estar vivo
como una cosa de recién nacido,
con una especie de inocencia para siempre,
que dure aunque sea hasta el próximo viaje,
hasta el próximo irse, hasta una distancia más allá.
ACONTECEMIENTO
“Porque la realidad, que era el único campo en el que habría podido actuar, se separaba de mí a la velocidad de mi deseo de entrar a ella…”
César Aira
“Acontece que meu coração ficou frio
E o nosso ninho de amor está vazio
Se eu ainda pudesse fingir que te amo
Ah, se eu pudesse
Mas não quero, não devo fazê-lo
Isso não acontece.”
Cartola por Ney Matogrosso
Si cuento presupongo un pasado
no puedo contar lo que sucede ahora
que es casi imperceptible, pero puro.
Lo de atrás sin embargo, se presta mejor,
se añora o se detesta, pero siempre
en un movimiento a la inversa,
que no puede ni esmerándose uno,
modificarse, se deja contar.
El día que me encontré con Esteban,
él tenía una cita después,
nos cruzamos en la calle
y yo lo invité a mi casa a tomar algo
estaba ansioso por contarle a alguien
algo que me había pasado recientemente
lo voy a decir sin vueltas, porque ya es parte del pasado:
había conocido a alguien que me había conmovido profundamente;
yo quería en ese invitar a Estaban a tomar algo
encontrar el momento de desplegar con pormenores y detalles
el ACONTECIMENTO, como lo llamaba yo por esa época,
no me importaba aburrirlo, la pasión me doblegaba y no atendía otras necesidades
que las propias de ser expuesta y ser cocida hasta la fulguración.
Él me dijo que sí, pero que tenía poco tiempo,
subí las escaleras adelante, saltando de vez en cuando dos escalones juntos
y mirando hacia atrás, corroborando que Esteban me siguiese.
Llegamos agitados, yo tenía problemas con las llaves, con mis llaves,
puse el agua para un mate y volqué la yerba verde que fosforecía,
le dije que me había pasado algo
que había conocido a alguien
él puso cara de esta historia ya la conozco
yo le dije esta vez es diferente
toda mi vida está comprometida en el asunto,
él se impresionó, cosa que no pasaba habitualmente,
porque yo no era una persona que le llamara la atención
pero mi insistencia en lo de “toda mi vida comprometida en el asunto”
le despertó chiquito el interés
por la persona, por ese alguien, por el ACONTECIMIENTO
esto no es algo de todos los días, es un ACONTECIMIENTO
le dije, la mujer era mayor que yo, casi muy mayor que yo.
Contame, me dijo.
Te cuento, apuré.
Yo estaba en la esquina de Arregui y Campana,
en pleno corazón de Villa del Parque,
(los corazones de los barrios ejercen cierto magnetismo de por sí
como todo corazón),
salía de cortarme los bigotes,
ya no estaba de moda, quería que comprendieran que mi idea no era
ser anacrónico.
Lo primero que vi de ella fue algo más primitivo que la sombra: el halo.
Y arrastraba un cochecito de bebé. Una madre me dije, tautológico.
Yo no había tenido muchas veces el impulso de dirigirme a una mujer
a primera vista, pero lo hice, con inercia.
Cuando llegué a su lado dije ¿te ayudo?
Esteban señaló que se me hervía el agua,
no detuve mi relato mientras arreglaba el mate.
Ella se dejó ayudar, ni perturbada ni agradecida.
¿Cuánto tiene? le pregunté, no sé contestó
es el bebé de una amiga, explicó, me pidió que lo sacara a dar una vuelta,
ella discutía con su marido y él la golpeaba,
previendo esa situación que se repetía con frecuencia,
la amiga la había llamado, sacalo, no quiero que él esté acá cuando me den cachetadas.
Para ese momento no me aguantaba más y le di un beso rotundo y de golpe.
Ella no respondió. Lo salvaje se apersonó,
percibí el doble miedo en ella: semejante embestida de mi parte
y por otro lado la posibilidad escandalosa de que su amiga le engrampara el bebé.
Acompañame rogó, a devolver la criatura,
anduvimos por barrios que yo desconocía, tuve miedo,
una ola de inseguridad asolaba la ciudad,
en la televisión recomendaban circunscribirse a los lugares conocidos,
a las calles conocidas, a los negocios conocidos.
¿Dónde estamos? le pregunté, Mataderos dijo,
me cruzaron por la cabeza imágenes de vagas de vacas colgadas y toros amputados,
yo la besaba de vez en cuando, y no sólo yo, ella también, nos olvidábamos
del bebé, pero después de cada amasijo de labios y saliva, turnándonos,
empujábamos la pequeña carroza de cuatro ruedas color beige con mariposas violetas
que contenía la mudez del primer bebé que yo conocía que no lloraba,
¿estará muerto? pensé, la pasión nacía en mí,
yo un hombre de dieciocho años de repente seducido por una mujer de cuarenta,
todo sucediendo casi sin que me diera cuenta.
Esteban empezaba a mostrar signos de impaciencia, el mate se lavaba,
cambio la yerba, recé, y no le di tiempo a esgrimir una negativa.
Ella era terriblemente alta, rubia y canosa, no se teñía,
signo que tomé de inmediato como la constatación de una personalidad
desinhibida, liberal, desprejuiciada,
esta mujer es capaz de amarme pensé, y yo ya la amo,
estaba contento y asustado cuando llegamos a la esquina de la casa de su amiga,
al doblar vimos una ambulancia y dos patrullas de la policía,
los tres vehículos con las luces apagadas, en ese tiempo se trataba de evitar
el llamado de atención crispante de una intervención tan socavadamente violenta.
Había que andar con mucho cuidado, el miedo crecía en la gente
al ritmo del maceramiento cotidiano disparado desde la televisión
que infundía e insuflaba un miedo a secas, que no distinguía enemigos,
daba lo mismo motochorros o voqueteros o piqueteros, todos eran un enemigo único
del que había que resguardarse para salvarse.
Por orden del gobierno los policías y las ambulancias cortaban disimuladamente
el aire de la calle, con las luces bajas y la sirena apagada.
No era cuestión de alimentar al feto del terror.
A todo esto yo me enamoraba, ya estaba enamorado.
De la puerta de la casa de la amiga de ella salieron dos camillas
y lo que supusimos eran los cuerpos de la amiga de ella y del marido de la amiga de ella,
envueltos en una especie de bolsa para cadáveres.
Giramos sobre nuestros pasos y nos sumergimos en la oscuridad de la noche,
con bebé y todo,
¿pero qué es lo que te gusta de ella? preguntó incrédulo Esteban,
yo no le hice caso y proseguí,
¿querés ser el papá?
pensé que de esa manera me aseguraba su amor así que le dije que sí,
que estaba dispuesto a ser un ejemplo de padre para Matías,
así lo quise bautizar, ya que los tres íbamos a empezar una nueva vida
era justo que lo hiciéramos con nuevas identidades.
¿vos también te cambiaste el nombre?
No, le contesté a Esteban que ahora parecía comenzar a interesarse de verdad,
pero decidí que a partir de ese momento me llamen por mi segundo nombre: Edgardo.
A ella le dije Hilda, y parece que estuvo de acuerdo.
Quiero hacer el amor, soy virgen, le confesé,
ella quiso que lo hiciéramos en plena calle, en plena oscuridad de la calle,
pero objeté que no estaba listo para una exposición tan total,
ella dijo pero por acá no anda nadie,
Es la calle repliqué yo, con una seguridad que me venía de no sé dónde,
ella acató porque el tono con que pronuncié esas palabras fue definitivo.
¿Y lo hicieron?
Esteban no se daba cuenta de que no se trataba de una aventura sexual,
sino que esto era amor, amor puro, una historia de amor verdadero.
Matías lloró por primera vez desde que lo conocí,
quiere la teta, dijo Hilda,
y dásela, me desentendí yo,
ella nunca había sido madre, pero puso a la criatura contra su pecho
y de su teta izquierda empezó a brotar un líquido amarillento
que terminó con el llanto de Mati.
Cada uno de estos sucesos se imbricaban uno sobre otro para darle forma
al ACONTECIMIENTO.
Quiero saber más de ella, por los datos que me das, me parece que la conozco,
se ufanó Esteban.
Hilda era única y mía, detesté la posibilidad de que alguien más que yo la conociera.
pero como soy muy racional, contesté:
tiene ojos cetrinos que parecen dos botones de muñeca de trapo,
no tiene nariz, sino dos minúsculos orificios en plena cara casi sin relieve,
y su boca, ¿qué decir de su boca? es tan pequeña que da la impresión
de que en su concavidad no cabe ni un alfiler.
Es una mujer plena, agregué, que sabe lo que quiere, y me quiere a mí.
Me tengo que ir, dijo Esteban, de repente apresurado,
¡Esperá!
Como se negaba a quedarse y dejarme concluir mi relato,
tuve que atarlo por la fuerza a la reja que protege
a la casa del patio, que no tiene techo y por dónde pueden colarse fácilmente
miles de asesinos seriales.
Al tratarse de una reja-puerta, él estaba condenado a oírme en posición vertical,
aunque yo mejoraba su suplicio hamacándolo un poco gracias a las bisagras que soportaron muy bien su peso durante las dos horas que Esteban permaneció atado.
Continué:
Hilda me contó mientras caminábamos, creo que por Devoto,
que hacía poco se había quedado sin trabajo y sin casa.
Vas a tener que trabajar si querés ser el jefe de esta familia, dijo,
¡cómo describirte mi emoción! mis sueños se cumplían todos juntos y de golpe,
no podía ser más feliz, esa mujer que había conocido hacía tres horas cuarenta y siete
minutos, daba con esas palabras la clave de mi vida,
le dije a Esteban exagerando: vos sabés que yo siempre fui un vago
y hasta ese momento no había encontrado ni una razón para sentar cabeza,
así que el ACONTECIMIENTO me venía como anillo al dedo.
Me precipité, me adelanté, me anticipé, quedé descolocado
entre el terremoto de sensaciones y de emociones y de sentimientos
que sentía nacer sin control. Me estaba haciendo hombre.
Yo iba a ser el orgullo de alguien. Un héroe de la vida cotidiana.
La única fama que yo había pretendido era la de verme siempre reconocido
por el objeto de mi amor, y la había conseguido.
Hilda me pasó a Mati para que lo sostuviera y yo me ofrecí a cambiarle los pañales.
Del que tenía puesto chorreaba un líquido espeso de color indefinible,
ella sacó de su cartera un pañal limpio que le había dado por las dudas la ex madre de Mati, entonces improvisamos en plena calle un cambiador urbano:
apoyé mi campera de jean sobre el borde saliente de una ventana de esas que sirven
para esperar sentado el colectivo, dejando hacia arriba el interior de corderito
de la campera y sobre ella acostamos a nuestro bebé,
sin querer organizamos un pesebre, trunco por falta de los reyes Magos
y de la estrella de Belén. Me pregunté si esa asintonía con la historia
era un mal presagio, si nosotros también estábamos destinados a desgraciar
a la humanidad. ¿Íbamos a ser unos más desobedeciendo la verdadera naturaleza
del amor en el futuro? Pero no valía preguntarse por el futuro estando en el centro
del ACONTECIMIENTO. Así que deseché ese elucubramiento digno de mi mente
retorcida, y me entregué una vez más al amor. Era perfecto,
porque yo volvía a zambullirme cada vez, y nadaba como un profesional
en las furiosas aguas ultra oceánicas de la pasión.
Esteban sudaba desde la frente y desde las orejas,
yo le secaba delicadamente el sudor con la manga de mi camisa,
el amor me reconciliaba con todas las criaturas que poblaban el mundo,
incluso con él, que se había mostrado tan petulante con su urgencia,
cuando le estaba contando lo más importante.
Podría ser tu madre dijo Hilda mientras yo le limpiaba el culito al bebé.
La diferencia de edad no es nada, me enojé, y le di un beso viril
para que no volviera a tratarme como a un chiquillo. No quería que me subestimara,
yo podía ser todo lo hombre que ella necesitara,
además, desde que nos habíamos conocido ella no había dejado de portase
como una quinceañera, le reproché para adentro sin animarme a soltar esas palabras
que podían resultar ofensivas. Era mi última intención.
En vez de eso, dije en voz alta: Hilda, la Dama del Amor, como recitando,
ella lanzó un quejido que yo tomé por el anuncio previo del vómito,
pero en cambio arreció un llanto tupido, grueso, industrial, que la dejó devastada.
Por contagio Mati también empezó a llorar, deliberé conmigo mismo,
debía consolar a ambos, lo hice: con una mano daba palmaditas en la espalda del bebé
que se asfixiaba con el llanto boca abajo en el cochecito, y con el otro brazo
me enredé a Hilda, sujetándola con fuerza para que se sintiera protegida.
Estábamos para una foto, susurré, a centímetros del rostro de Esteban.
Nos fuimos a vivir juntos esa misma noche, le dije a mamá que alquilaba conmigo
en Villa del Parque que se volviera a Gualeguay a la casa del abuelo Fermín,
así nos dejaba la habitación libre para que nos instaláramos nosotros:
Hilda, Matías y Edgardo, que ahora éramos parte de la familia y nos merecíamos
un hogar como la gente. Mamá se fue porque estaba aburrida de Buenos Aires
y añoraba la vida apacible de pueblo, la oportunidad surgida de la nada daba una pisada
firme en la huella de su deseo.
Lo aprovechó porque ella siempre fue una mujer práctica. Me dejó de regalo escarpines.
¿Cómo no me habías dicho que habías dejado embarazada a una señora?
Vos nunca me escuchás mamá, me la saqué de encima.
Una vez confortados en el seno del hogar, temí que el ACONTECIMIENTO
dejara de acontecer. Pero eso no sucedió porque yo tenía que salir a buscar un trabajo.
Esteban me rogó que lo soltara, me dijo que no le hacía falta permanecer atado
para seguir escuchando. Que haya cedido de esa manera al sometimiento
me aflojó las ganas de contar, así que lo desaté, compungido.
Mientras deshacía los nudos: encontré un puesto muy acorde con mis necesidades
en una empresa de seguridad privada. En el barrio chino de Belgrano vigilaba
las cámaras puestas estratégicamente en nuevo puntos de un edificio
de la colectividad china, donde vivían familias muy adineradas que temían
por la integridad de sus hijos, tan expuestos a la mafia china a la que ellos no pertenecían, ya que habían pasado a otra escala social, más bonaerense.
Los mafiosos mascullaban y roían venganzas, y yo estaba en un cuartito aislado
mirando nueve pantallas de televisor a la vez, colocadas en forma de tateti.
Era un trabajo de ocho horas, justo para mí, y me permitía portar arma,
por lo tanto el ACONTECIMIENTO seguían desenvolviéndose en su ovillo,
maravilloso, siempre a pedir de boca.
A esa altura del relato estaba terminando de desatar a Esteban,
que me dio un codazo en la nuca y me desmayé.
Lo que sigue está borroso en mi memoria,
Hilda y yo cabalgábamos sobre un percherón
cruzando el barrio Tres de Caballería en Gualeguay,
las vecinas y los gurises salían a saludarnos entusiasmadísimos
como si anunciáramos la llegada de un circo, y esto era entendible
porque la cabeza del caballo era la cabeza de Mati, agigantada.
Es inmoral cabalgar sobre el propio hijo de uno pensé, cuando me dí cuenta,
no quiero que nuestro hijo caiga en el absurdo del servilismo, le dije a Hilda
y ella se rió, ¿no ves que se divierte como loco?, soltó,
cosa que inmediatamente comprobé
porque el bebé daba rebuznos como berridos,
en una mezcolanza de algarabía que yo nunca le hubiera ni siquiera supuesto.
Somos los padres de un hijo feliz, me felicité,
pero enseguida razoné que era feo que Mati fuera una atracción, una rareza
a la altura del hombre más bajito del mundo.
La carpa era color naranja y era amplía como para un batallón entero,
como para un regimiento con todos los estratos de jerarquía que lo componen.
En la nebulosa el ACONTECIMIENTO seguía dragándose a sí mismo,
porque el primer número del circo era una banda militar de ochenta y cuatro músicos.
Esa correspondencia entre mi pensamiento previo y la realidad tangible
de ochenta y cuatro instrumentos sonando al unísono, corroboraban algo del orden
del universo. Un orden militar, pero festivo.
Era notable la certidumbre de paz que emanaba la música,
tanto, que hacía preferir el uniforme de los músicos al traje brillante de la acróbata.
¿Pero se trataba de un sueño?
Eso me pareció porque -mientras la adrenalina subía debido a que el número siguiente,
el cuarto de la función, después de unos soldados payasos
y un General que metía la cabeza en la boca de un tigre de bengala,
era la presentación del fabuloso y nunca antes visto “percherón con cara de bebe”,
y nosotros, Hilda y yo, debíamos montarlo y cabalgar en círculos
sosteniendo una antorcha en alto-
mis ojos ponían en foco la cara de Esteban.
Yo no podía combinar un suceso y otro
¿qué tenía que ver Esteban con el circo, con Hilda, conmigo?
¡Sos estúpido vos! ¡Despertate de una vez!
Me cacheteaba ese desagradecido, insensible a la magnificencia de mi vida,
al puro ser del ACONTECIMIENTO.
¡Así que vos sos el hijo de puta que se robó a mi Ángel!
¿Su ángel? ¿Qué quería decir con eso?
¿De que porción de su vida espiritual me había adueñado yo sin darme cuenta
narrándole las peripecias de mi vida conmovida?
¡Por tu culpa no duermo hace una semana, pendejo de mierda!
¿Pero cómo, yo no había sido amigo de este hombre que ahora me marchitaba
con el aliento seco de su violencia estéril?
No podía entender una sola palabra de lo que decía, estaba atontado,
pero no era tan imbécil como para no darme cuenta de su hostilidad.
¿Por qué?
¡Vos no te das una idea de lo que siente un padre,
de lo que significa que le roben a su hijo!
Se me durmió la pierna del asombro y por lo incómodo que estaba debajo
de ese hombre que se me echaba encima con todo el peso de cuerpo,
tratando quizá de matarme, y con razón,
porque yo comprendí de golpe todo: todo.
¡Ángel era el bebé!, ¡Era su hijo!, ¡Era Mati!
Seguramente vos ya te diste cuenta porque sos más inteligente que yo,
pero para mí en ese momento fue una revelación fatal,
que no terminaba de suceder en mi entendimiento,
y a la vez me fascinaba, porque…
porque…
sí…
el ACONTECIMIENTO decía presente otra vez,
se anclaba en la realidad, casi tenía un nombre
y se paraba y caminaba y hablaba y tenía una voz.
Esteban habló en medio de mi pensamiento:
“Cuando me crucé con vos en la calle
estaba yendo a encontrarme con Laura
pero como había salido demasiado temprano
por la ansiedad de encontrarme con mi Ángel,
pensé, lo escucho un rato a este tarado así se me pasa
más rápido el tiempo hasta que sea la hora señalada.
La hora señalada es dentro de quince minutos,
en un bar de taxistas que toman cocaína que queda
en la Avenida San Martín y Galicia,
en esta valija (y de pronto señaló una valija que yo
no había visto hasta ese momento y no entendía cómo,
ya que su tamaño era más que considerable)
tengo cien mil pesos, que es el precio del rescate
que puso esa perra hija de puta para devolverme a mi Ángel.”
Así hablaba él de mi Hilda, su Laura. Me indigné, pero no hubo lugar porque:
“Me dijo que le dejara la valija en el baño de hombres del bar,
encima del depósito de agua del inodoro,
y que cuando saliera iba a encontrar, junto a la mesa que está pegada a la izquierda de la puerta que da a la esquina,
el cochecito de mi bebé, con el bebé dentro.
Estuve totalmente de acuerdo porque su plan no es infalible,
es más, su plan es una porquería, porque yo dejo la valija,
salgo del baño y antes de que ella pueda buscarla, yo levanto del cochecito a Ángel,
mi amor,
y vuelvo a buscar la valija.
Ella no tiene tiempo de nada, la muy cretina.”
Esteban se rió, yo no pude pensar en los acontecimientos que supuestamente iban a suceder, porque estaba hipnotizado con su forma de hablar, tan dramática y depurada a la vez.
el ACONTECIMIENTO era ancho y largo como la palabra ACONTECIMIENTO
¿pero y la ambulancia? pregunté, preocupado por los huecos en el relato,
“Eran los cuerpos de mi padre y mi madre, que Laura asesinó con este revolver”, dijo con los ojos casi llorosos, sacando el arma que acababa de nombrar y mostrándola de una manera que yo en vez de un arma creí ver un pájaro que se posaba en el puño de Esteban, inmóvil, procaz, a punto de levantar el vuelo,
él y el arma parecían poseídos
y de repente Laura / Hilda era una asesina serial,
como esas mismas que yo temía, y por las que había
hecho poner en mi casa una puerta / reja que daba al patio sin techo,
y sobre la que había atado a Estaban,
y lo había mecido, de verdad dulce, enamorado de mi vida,
del ACONTECIMIENTO que nos sucedía, ahora me enteraba,
a los dos. Todo nos competía.
Me enamoré de una ilusión, pensé. Lo patético me abrazó.
Hilda me trato como lo que soy: un nombre ficticio: Edgardo.
El ACONTECIMIENTO se diluía a la velocidad del mal,
pero en un bar de taxistas en la Avenida San Martín
una mujer, una asesina serial, da vueltas en esa manzana
triangular, empujando un cochecito,
fingiendo ser muchas personas que no es,
¿qué otros nombres tendrá la mujer que creí el amor?
ella, ahora, en este momento, esta haciendo sobrevivir por un hilo
el ACONTECIMIENTO, pero se desmaya
porque Esteban no llega porque me sigue contando
lo estúpido del plan de esa “muchacha infernal” (así le está diciendo ahora,
no lo puedo creer),
y Hilda / Laura se desmaya dando vueltas a la manzana triangular,
esperando que este pavote vaya,
debería ir yo,
voy a decírselo,
¿querrá?
o podemos ir juntos,
si en el fondo se trata de que el ACONTECIMIENTO sobreviva,
Esteban es un hombre inteligente, más que yo, él me tiene que entender.
Voy a hablar,
pasó tanto tiempo.
¿Nos iremos a pelear por quién se queda con quién?
¿Hilda, Laura? ¿Matías, Ángel?
Sería injusto que él quisiera quedarse con los dos dobles,
me tendría que dejar una pareja.
porque,
…
se lo digo
…
no te olvides Esteban, el ACONTECIMIENTO es mío también
…
El pájaro posado en el puño de Esteban alzó de golpe el vuelvo
y viene a darme en la frente,
viene a derrumbarme.
Acontece.
mentí de día
sábado, 22 de enero de 2011
viernes, 14 de enero de 2011
Nochebuena.
Estoy tan bonita que es un desperdicio.
No siento nada
No siento nada, mamá
Me olvidé
Mentí de día
Antes yo sabía escribir
Hoy beso a los pacientes en la entrada y en la salida
con desvelo técnico.
Freud y yo peleamos mucho.
Irene en el cielo desmiente: dejó de
coger a los 45 años
Sin embargo soy joven
estrenando taco aguja que camina mal
pisa más de lo que debe,
llevame indeseable cerca de las
botas negras
quien pudiera
Ana Cristina Cesar
Estoy tan bonita que es un desperdicio.
No siento nada
No siento nada, mamá
Me olvidé
Mentí de día
Antes yo sabía escribir
Hoy beso a los pacientes en la entrada y en la salida
con desvelo técnico.
Freud y yo peleamos mucho.
Irene en el cielo desmiente: dejó de
coger a los 45 años
Sin embargo soy joven
estrenando taco aguja que camina mal
pisa más de lo que debe,
llevame indeseable cerca de las
botas negras
quien pudiera
Ana Cristina Cesar
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